«La Quimera del Tiempo», la novela, nació de una frase que resonó en mi cabeza al ver, durante un paseo de los que rellenan huecos, la fachada de un pazo en Cambados. Mi paseo solo debería servir para ocupar la espera a que llegara la hora de cenar y, lejos de disfrutar del camino, dejé que mi mente, como suele creerse que debe ser, se preocupara de mis problemas, de mis cosas, de lo “pendiente” que se prioriza aunque sea ajeno al lugar y al momento pero que, como suele pasar, nada del desgate intelectual que emplearía iba a servir para resolver absolutamente nada. Hubiera dado igual pasear por aquellas calles que estar encadenado en la más lúgubre mazmorra.

No buscaba, ni tampoco miraba y aún menos tenía ganas de imaginar nada bajo un cielo limpio y azul que para mí era negro, nublado y tormentoso; estaba perdiendo el sabor del momento, solo importaba lo que tuviera que ver con mi prioridad: mis problemas… Era el 4 de agosto de 2017.

Sin embargo, súbitamente se rompió ese runruneo inútil y como hechizado creí que los muros vetustos, altos y de piedra de ese pazo me hablaban de una historia, tal vez ajena a ese edificio, pero probablemente perfumada con una esencia similar a la que quizás se vivió, o se soñó, en un lugar semejante en cualquier tiempo. Si bien la historia era corta, vacía y breve, solo una frase: «Lucrecia, ¡levántate chiquilla que se te hará tarde!…», y después solo silencio.

La frase, ya anidada en mi mente, me resonó varias veces durante la cena con unos amigos y, también, al día siguiente, y si volvía a mi memoria la imagen de la fachada de aquel pazo entonces esas palabras retumbaban con más fuerza, como la musiquilla pegadiza que una vez que entra en la cabeza solo sale por la llegada de otro “mantra” o, simplemente, cuando le da la gana, que parece que los enroques mentales tienen vida propia. Pero, en este caso, lo pertinaz de sus reiteraciones cesó cuando la madrugada del día 6 me despertó la frasecilla y la escribí en una libreta. La frase se completó sola, hablaba Candela, y después escribí palabras y más palabras que eran mías, como no podía ser de otra manera, aunque hoy todavía no sé porqué fluyeron tan fácilmente, quizás fue escapismo o imaginación o quizás fueron las musas que cada uno tenemos o, quién sabe, los propios personajes que me contaban sus cosas para escribir su novela… La frase ya no tintineaba dentro de mi cabeza y dejó de ser una frase solitaria ya que junto con otras apuntaban a convertirse en un relato. Intenté volver a dormir, a dejar de soñar despierto, y lo conseguí.

Justo un año después, el 6 de agosto de 2018, supe la historia completa y puse la palabra “FIN” en otra libreta -entre ésta y la primera creo que han sido unas veinte-. La frase se había convertido en una novela aunque, a día de hoy, todavía inédita.

Manuel Cabello Sanz

Madrid, 6 de octubre de 2018